¿Por qué abolir la propiedad privada?

capitalismo51awNo son pocas las personas, y aun las hay entre los socialistas, que se escandalizan al escuchar esas afirmaciones en los anarquistas.

Son tantos los prejuicios que hay sobre la propiedad que el espanto es normal. Se piensa que sin propiedad privada el género humano caería en un apocalipsis, en una catástrofe a donde no merece llegar. Y en efecto, los anarquistas no buscan ninguna de esas desgracias para la humanidad. Se debe todo a un prejuicio, y esperamos aclararlo en las siguientes líneas.

Es necesario que antes de crearnos un prejuicio sobre las posibles (y solo imaginadas) consecuencias de la abolición de la propiedad privada nos preguntemos si hasta ahora el régimen de propiedad privada ha dado algún beneficio para el género humano.

Se piensa que el trabajo genera el derecho a la propiedad privada y ya que se piensa que es así se deduce que “nada más justo que quien trabaje tenga acceso a lo que desee y no se le prive de ello” nos dicen los defensores de la propiedad, y pareciera a primera vista que, efectivamente, no hay nada más justo.

Sin embargo antes de aceptar esto como algo cierto hay que analizarlo.

Bien que una persona que trabaje tenga con toda justicia el derecho de obtener lo que necesite para desarrollarse física y culturalmente, así como las necesidades primarias de todo ser humano.

Pero, preguntamos ¿Es esto lo que prima en nuestra sociedad bajo el régimen de la propiedad privada? ¿En realidad el trabajo genera el derecho a ser propietario de algo?

En la actualidad la enorme mayoría de los medios de producción son propiedad de personas que o han heredado las propiedades (es decir, no han trabajado para obtenerlas) o las han obtenido poniendo a otros a trabajar para ellos (es decir, no han trabajado ellos), dándoles apenas lo necesario para no desfallecer y continuar produciéndoles riqueza.

Vemos por el otro lado una enorme capa de trabajadores de todos los niveles, verdaderos productores de la riqueza que paradójicamente no pueden disfrutar del fruto de su trabajo porque se les quita para entregarla a otros. No se les quita necesariamente con la fuerza física, sino con la fuerza económica cimentada en artilugios que el trabajador común rara vez comprende y por medio de los cuales no percibe el robo del que es objeto.

Trabajan y producen la riqueza durante toda su vida para que al final de su existencia no tengan ni lo necesario para descansar en su vejez; entre tanto los dueños oficiales de los medios de producción, que nunca han trabajado y que se dedican únicamente a disfrutar la vida a costa del pueblo productor, tienen el futuro asegurado para ellos y para su descendencia. Preguntamos entonces: si el trabajo genera el derecho a la propiedad ¿Cómo es que los trabajadores carecen de todo y los que nunca trabajan poseen todo?

Se debe a un hurto, a un robo del que nuestros economistas oficiales no dicen una sola palabra.

A consecuencia de semejante hurto a los trabajadores tenemos actos absurdos (o en palabras de Proudhon, un  sistema de las contradicciones económicas) como por ejemplo agricultores que desfallecen de hambre; albañiles sin casa… porque en esta sociedad donde supuestamente el que trabaja consume sucede que el que trabaja apenas puede consumir lo que produce. Y ello aún en una etapa de la historia humana donde el consumismo es lo que permea en la sociedad… pero no en todos lados.

Y si estas incongruencias en que vivimos no fuesen suficientes para tensar nuestros sentimientos de igualdad, recordemos que mientras tres cuartas partes de la población mundial viven en condiciones de pobreza, la mayor parte de la riqueza está actualmente en muy pocas manos, siempre a costa de todo un mar de pobres que les sostienen en la holganza.

Estas condiciones, las de la propiedad privada que otorga todo a unos cuantos y priva al resto de casi todo, son sostenidas siempre por las leyes de cada país donde el respeto a la propiedad privada constituye uno de los fundamentos en que está basada la sociedad autoritaria. Porque protección a la propiedad privada exigen los dueños de los medios de producción. Protección siempre en contra de quienes ellos privan de todo. Y ahí tenemos explicada la existencia de militares, policías, fuerzas armadas en general, cuya misión no consiste en defender al país en una guerra con un enemigo externo (que de momento no hay), sino en mantener a raya al enemigo interno, es decir, al pueblo que es robado diariamente y el que bien podría sublevarse contra sus verdugos. La guerra, pues, es siempre interna y perpetua. Esa guerra que tanto temor suscita en las personas a su sola mención se ejerce diariamente contra las poblaciones sin que la mayor de las veces se den cuenta de ello. Las leyes no son sino códigos de protección al robo que se mantienen no por consenso (a nadie le han preguntado si está de acuerdo o no), sino por la fuerza de las armas contra las poblaciones.

El Estado, defensor de esas leyes y cuya función primordial es la de asegurar estas condiciones, al hacerlo se convierte en el guarura del capital, no en tus representantes.

Pero ejemplifiquemos la manera absurda en que está basada la propiedad privada.

Una fábrica se construye a partir de la colaboración de muchos albañiles para su construcción primero; se dota de mercancías producidas por obreros manufactureros o campesinos después; se administra por trabajadores; se atiende por trabajadores; y sin embargo, esos mismos trabajadores rara vez pueden acceder a la mercancía que se vende donde trabajan. Todos sus salarios juntos nunca podrían comprar la mercancía con que se comercia en sus puestos de trabajo.

Nuestros economistas nos cuentan que los beneficios obtenidos por el dueño se deben a una especie de seguro por su inversión. Puesto que la ha puesto en riesgo ha colaborado para la producción. El trabajador no arriesga nada (nos dicen) y entonces sus ganancias son menores en consecuencia.

Suponiendo el que argumento fuera válido, preguntamos ¿En cuánto tiempo se reintegra el dinero al inversor, más aparte una gratificación por su “riesgo”? Porque cuando la empresa ya está funcionando el dueño cesa de arriesgar su capital, que recupera en seguida, y el restante tiempo es el trabajador el que continúa –como desde el inicio y de hecho con mayor riesgo porque no arriesga dinero, sino su salud y su tiempo (vida) en la fábrica- arriesgándolo todo, gastando su propia vida (un medio invaluable y no restituible), y sin embargo tenemos que el patrón sigue engordando sin cesar y el trabajador padeciendo siempre. El robo es bien visible.

Pero el absurdo va más allá, porque incluso los artículos que cualquier empresa pueda vender son imposibles de evaluar. Una silla, por ejemplo, no puede decirse que sea producto de un carpintero. Es el resultado de muchos otros trabajadores:

El transportista que entregó la madera contribuyó al proceso; antes que él hubo un talador que cortó y preparó la madera; e incluso antes de éste último hubo quien sembró el árbol, y quienes cuidaron de él hasta que estuviera listo para ser cortado.

Un articulo pues, sea el que sea, pertenece a toda una serie de trabajadores, por lo que no es posible valuar el artículo. A ello sumemos otro ejemplo: quien inventó digamos la sierra eléctrica recibió un pago por dicho invento (a veces ni eso sucede) a la hora de patentarlo, pero este ha continuado produciendo madera a una velocidad más rápida que antes de su invención, lo cual no ha sido pagado porque ¿La cantidad dada al inventor es la correcta pese al paso del tiempo? Los beneficios que produce su invento a lo largo de siglos e incluso sus mejoras que harán dicho invento más eficiente ¿realmente se paga con una cantidad x dada al momento de su fabricación? ¿qué hay de las devaluaciones de la moneda respecto a este caso? Porque con lo que antes se compraba una casa hoy apenas alcanza para malvivir ¿no afecta ello al pago dado al inventor y demuestra que el pago en realidad no fue justo? Existe entonces un valor que flota en el tiempo que no se paga, pero del que se beneficia el capitalista. Todo invento, pues, es víctima de otro robo a manos del capitalista. Los inventos y los productos, pues, para no sufrir robos y beneficiar realmente deberían ser propiedad de la humanidad en su totalidad. Y si la economía actual no estuviera de cabeza el capitalista, que no produce nada, no sería dueño de nada, ni de los medios de producción ni de los productos obtenidos por ellos.

Pasemos a otra parte de la propiedad, el de la restitución de la producción. Todo artículo, como hemos dicho, es producto de una cantidad inexacta de trabajadores a los que no se les retribuye el costo del producto. Se les paga un jornal –teoría proudhoniana-, pero no se les paga nunca el costo por la asociación que dicho trabajo genera.

Una casa puede ser construida por 50 albañiles en un mes; esa misma casa jamás podría ser construida por 1 albañil en 5 años. Para construirla se precisa de la acumulación de fuerzas y de asociación que hace posible levantar la estructura necesaria para la cimbra. Esa fuerza y esa asociación no la puede conseguir ninguna persona como no sea apoyándose en otros trabajadores.

Así pues, aunque el patrón pague los jornales, esa fuerza colectiva jamás es pagada.

¿Qué decir por ejemplo de la plusvalía?

Una empresa produce en medio día (o en menos) la cantidad necesaria de productos para pagar los jornales (solo los jornales, ya que como hemos indicado la fuerza asociativa jamás es pagada) de los obreros.

La fuerza asociativa generada por el trabajo de éstos y la cantidad de productos generados a partir digamos del medio día, jamás es pagada a los trabajadores.

Esta cantidad de dinero sobrante la producen los trabajadores y les es completamente robado bajo distintos argumentos apoyados en teorías economicistas a beneficio del burgués y siempre apoyados en las leyes del Estado.

Esas ganancias van a parar a otorgar un nivel de vida a los dueños de la empresa sin haber movido un solo músculo para obtenerlas. Aun en el caso de que el dueño de la empresa se involucra en alguna actividad sus ganancias son muchas veces mayor a las de los demás trabajadores: un robo por donde quiera que se le vea.

Un estudiante de ingeniería construye un invento que hará que el proceso de siembra sea dos veces más sencillo ¿Beneficiará eso al campesino para que su vida sea menos agotadora?

No. Beneficiará al terrateniente, que comprará el invento para producir más; y al campesino, o se le paga menos, o se le corta la jornada laboral con lo que sus ingresos igualmente degeneran. Tenemos pues que en la sociedad actual todo avance en la producción con máquinas no beneficia a los trabajadores, los empobrece. Se les roba primero el producto de su trabajo; se les roba después la vida misma cuando son suplantados por una máquina. Porque ¿qué otra cosa es sino el hecho de quedar en la calle porque una máquina hace el trabajo de 20 trabajadores?

Ejemplos como este podemos encontrar por montones en todo el avance humano desde que un grupo de rufianes amparados en las armas dijeron “esto nos pertenece” y se convirtieron en propietarios.

El capitalismo no solamente comete un robo contra los trabajadores, sino que impide incluso que el avance humano sea en provecho de la especie humana, y utiliza todo avance para generar más ganancias al más bajo costo.

El robo no puede ser más grande.

Ahora transportemos este caso a todos los procesos productivos donde se utilizan herramientas y máquinas creadas no por un hombre extraordinario (hemos visto que eso no es posible), sino por una infinidad de ideas de generaciones anteriores, y veremos que el producto del trabajo no puede sino pertenecer a toda la especie humana.

El capitalismo se aprovecha de esta forma económica que el Estado y la propiedad privada pone a su servicio (la explotación “legal” de los trabajadores y con ello el dominio de la economía) para generar inmensas riquezas a costa siempre de la explotación de los trabajadores.

Al ser el capitalismo quien mueve toda la economía puede poner y quitar gobiernos conforme le venga en gana (1) y estos, si no quieren ser un órgano parasitario y con ello ser reemplazados (pues ellos nunca dejan de existir ¡de ellos no te libras!) por otros, deben ser obedientes y poner toda la maquinaria del Estado (fuerzas armadas, leyes, medios de comunicación, etc.) al servicio del capitalismo.

Tenemos entonces que es completamente normal que el Estado defienda la propiedad privada como principio sagrado de sus instituciones, que el policía arremeta contra las ocupaciones, expropiaciones de empresas y toda forma organizativa tendente a destruir los cimientos de la propiedad privada, y que sus economistas hagan toda una maraña de teorías sofísticas cuyo fin más inmediato es la defensa teórica de la propiedad privada.

Porque si no ¿Qué sabio economista podría explicar esta contradicción de trabajadores empobrecidos/holgazanes enriquecidos, sin decir abiertamente que todo ello se debe a que el propietario es un ladrón amparado por las leyes?

¿Qué derecho tienen los propietarios a declarar como suyo algo por lo que no han trabajado? ¿Con qué derecho entonces se atreven a quedarse con la mayor parte de las ganancias? ¡Con el derecho que le otorga el gobierno, perro fiel a su servicio!

Se nos dice que la abolición de la propiedad privada y la anarquía misma conducirían a los pueblos a la miseria, la desorganización, la injusticia y que todos arreglarían sus diferencias a tiros. ¿Y qué es lo que existe ahora bajo el Estado y la propiedad privada sino hambre, miseria, caos, injusticia, desigualdad, miseria, desorganización y masacres a tiros contra los pobres cuando se sublevan para mejorar sus condiciones de vida?

Al analizar pues semejantes mentiras aparece por deducción lógica la figura contraria: la anarquía y la abolición de la propiedad privada significarán la justicia, la equidad, la prosperidad del pueblo y el cese de los vividores y ladrones que hoy tienen en sus manos los medios de producción y la riqueza generada por todo el pueblo trabajador.

Es normal entonces que los anarquistas veamos la propiedad privada como algo ilógico, injusto, cruel y totalmente necesaria de abolir. En un mundo de justicia social, de equidad y de hermandad como el que proponemos, la propiedad privada no tiene cabida.

El derecho de propiedad que otorga a unos cuantos la posibilidad de acumular riquezas y explotar al pueblo, tiene como corolario el hambre, la miseria, la guerra, la explotación, la injusticia, la degeneración humana.

Más que como principio revolucionario, la eliminación de la propiedad privada se presenta ante quienes analizan la cuestión social a fondo como una necesidad no ya solo de la revolución, sino de la propia especie humana.

La desaparición de la propiedad privada y su consecuente, la destrucción del capitalismo, va de la mano de la destrucción del Estado y de la autoridad, pues el uno no puede sobrevivir sin el otro, y es necesario a cada una de estas instituciones defender a su homólogo.

La cuestión a resolver por los revolucionarios actuales como lo fue por los anteriores, no es la manera en la que se debe reformar o embellecer la esclavitud, sino destruirla; y en ese trabajo la abolición de la propiedad privada ha de ser uno de los asuntos neurálgicos de la revolución social.

Pero no creas amigo lector que pretendemos solamente destruir sin edificar nada; lejos de nosotros semejante pensamiento.

A la propiedad oponemos la posesión. Nos explicamos:

Propiedad privada significa la posibilidad de acumular riquezas. Y vemos ya que esa “posibilidad” no es sino una exclusiva de los detentadores de los medios de producción. Es decir, de los capitalistas.

La posesión significa, valga la redundancia, la posesión que cada persona hace de las cosas que necesita para su desarrollo físico, intelectual y personal.

Más claramente: mientras la propiedad hace posible que en las manos de una sola persona haya, por ejemplo, 20 casas mientras hay 19 familias sin hogar, la posesión de las cosas hace que cada quien tenga solamente (pero no restrictivamente) aquello que necesita para vivir bien.

¿Para qué tener 20 casas, si se puede vivir en una de forma cómoda y sin privaciones?

Acumular riquezas significa privar a otras personas del derecho a la vida, y la sociedad libre de parásitos sociales que proponemos los anarquistas, será una sociedad donde a nadie se le prive del derecho a vivir.

Abolida la propiedad privada el delito pierde bastante sentido: si todo es de todos ¿Quién robará a su prójimo arriesgando con ello la libertad como ocurre en la actualidad?

¿No es acaso claro que todo lo que hay en el mundo –exceptuando la naturaleza- ha sido hecho por trabajadores como tú amigo lector, y que a todos ustedes es a quienes realmente pertenece todo?

Nos dicen en la escuela, en la Iglesia y en trabajo que el robo es malo; no lo es, sin embargo, si quienes roban lo hacen conforme a las leyes. Tales mentiras ponen al descubierto la miseria de un sistema que mientras aplasta a las mayorías, protege siempre a los mayores ladrones de la sociedad.

Nosotros proponemos la abolición de la propiedad privada como condición inmediata para la extirpación en la sociedad de los ladrones grandes: el Estado, capital, clero, propietarios.

Porque sin propiedad privada toda persona en condiciones de trabajar tendrá derecho a techo, alimento, vestido, calzado, etc., todo lo que necesite para vivir bien, a cambio únicamente de trabajar un par de horas (el avance de los métodos de producción hace posible esto) en un trabajo no como el actual, lleno de penurias, carencias e injusticias, sino en un ambiente laboral sano, seguro, limpio, en camaradería con sus compañeros de labor.

Auguramos para dicha sociedad una espléndida forma de vida, pues estamos seguros que derribados los principales cimientos del crimen y de la injusticia (Estado, capitalismo, clero, autoridad, propiedad privada, leyes, etc.), la sociedad, al estar conformada por seres sociables, sabrá desarrollarse en plena libertad y justicia, donde el mundo en que vivimos ahora será solamente un triste recuerdo.

Salud y revolución social.

Extraído de la web: http://www.portaloaca.com/

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